Autor: Antonio RT
«Porque amarte no es un pecado ni una bendición, sino una decisión y una responsabilidad que me gustaría compartir contigo hasta el fin de mi reinado.»
Amar, querer, cuidar… son palabras que usamos con frecuencia, pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que realmente implican. Solemos asociar el amor con emociones intensas, momentos compartidos, romanticismo. Sin embargo, detrás del acto de querer a alguien existe algo más profundo y silencioso: la responsabilidad.
En esta entrada quiero reflexionar sobre lo que significa asumir esa responsabilidad, y cómo —antes de ofrecerla a alguien más— debemos primero practicarla con nosotros mismos.
No todos están listos, y eso está bien
Tener la responsabilidad de querer no es fácil. No todos están dispuestos a tomarla, y eso está bien. No se trata de juzgar, sino de entender que es una decisión personal y válida. El problema no está en no asumirla, sino en hacerlo sin conciencia, sin preparación, sin compromiso real.
Querer implica más que intención: es una práctica diaria, un acto constante que se refleja en nuestras acciones, nuestras decisiones y, sobre todo, en la forma en que tratamos a quienes decimos amar.
¿Dónde ponemos esa responsabilidad y cómo la ejercemos?
Cuando alguien decide amar con responsabilidad, no basta con decir “te quiero”. Es necesario tener claridad sobre dónde colocamos esa responsabilidad:
¿La entregamos completamente al otro, esperando que se haga cargo de nuestra felicidad?
¿O la compartimos, con respeto, equilibrio y empatía?
Y también: ¿cómo la ejercemos?
Porque la forma en que amamos dice mucho más que nuestras palabras. Amar responsablemente implica cuidar lo que se construye, asumir los errores, ser honestos y actuar con intención.
Si quieres cultivar esta responsabilidad, la primera semilla debe sembrarse dentro de ti, para que los frutos que broten puedas disfrutarlos contigo mismo o con alguien más que también sepa saborearlos y valorarlos.
Todo comienza en uno mismo
Pero nada de esto es posible si no lo aplicamos primero en nosotros. No podemos amar sanamente a alguien más si no sabemos amarnos. Y amarse no es solo consentirse o evitar el dolor. Amarse también es aceptar el dolor, nuestros errores, trabajar en ellos y crecer.
Solo cuando somos responsables de hacer las paces con quienes somos, cuando nos conocemos y nos aceptamos de verdad, podemos ofrecer un amor que no dañe, que no se fracture con el primer conflicto, que no dependa del otro para sostenerse.
No se puede compartir lo que no se tiene
La responsabilidad de querer a alguien más lleva implícita la responsabilidad de quererse primero. Y si no estamos dispuestos a asumir ese compromiso con nosotros mismos, no podremos compartir un amor sincero y maduro con alguien que sí lo ha hecho.
El amor responsable no es perfecto, pero sí consciente.
Es una elección diaria, una construcción compartida.
Y empieza, siempre, por casa.

