Autor Antonio RT
«Miré la noche y me di cuenta que me faltaba una constelación. Me atreví a viajar al espacio para encontrarla, y entonces comprendí que esa constelación ya estaba iluminando la noche de un nuevo mundo.»
No es sencillo procesar este tipo de acciones, pero eso no significa que sea imposible de navegar. Culpar a quien nos hizo daño no resolverá el problema que llevamos dentro. A menudo, la culpa es solo un síntoma más de ese malestar que evitamos enfrentar, como si esquivarlo pudiera hacerlo desaparecer. Pero con el tiempo, esa evasión solo provoca más dolor —no solo en nosotros, sino también en quienes podrían llegar a amarnos de verdad.
Y es que, cuando no asumimos la responsabilidad de nuestras heridas, corremos el riesgo de hacernos más daño y de herir a personas que no lo merecen, simplemente por no haber sanado a tiempo. Así, podríamos perdernos de experiencias profundas, de conexiones reales, de satisfacciones verdaderas. Hay que tenerlo claro: si no estás pensando en sanar, entonces tampoco puedes esperar recibir lo que tanto deseas para ti.
A veces, por miedo, perdemos mucho más de lo que imaginamos. Sin darnos cuenta, empezamos a creer que lo que queremos no es posible, que no lo merecemos.
Y quizá lo más difícil de este recorrido es la abstinencia. Esa etapa en la que, en realidad, no necesitas a esa persona… sino lo que ella te entregaba: atención, afecto, compañía, validación. El vacío duele tanto que buscamos llenarlo como sea —con nuevas personas, con distracciones, con sustancias, o incluso regresando con quien ya nos hirió, aun sabiendo que todo se repetirá.
Sanar implica no solo dejar ir, sino también sostener el vacío por un tiempo, sin anestesias. Solo así podrás llenarlo con algo auténtico, porque ya habrás aprendido a reconocer lo que verdaderamente necesitas. Y una vez que lo reconoces, sabrás con qué llenarlo, sin dudar.
Dale tiempo al tiempo. No apresures tu proceso de sanación. Tu paz se construye con paciencia, con conciencia y, sobre todo, con amor hacia ti mismo.

